Cuánto cuesta mantener una web (y qué se rompe cuando nadie lo hace)

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La conversación se repite. Alguien nos escribe porque su web dejó de cargar, o porque el navegador está avisando a sus clientes de que el sitio no es seguro. Preguntamos quién la mantiene y la respuesta casi siempre es la misma: la hicieron hace dos años, se pagó, quedó bonita y desde entonces nadie la ha tocado.

No es dejadez. Es que al principio nadie explicó que una web no es un cuadro que cuelgas en la pared y ya está. Es un servicio encendido las veinticuatro horas del día, y todo lo que está encendido consume, caduca y se actualiza.

Las cuatro cosas que caducan

Cuando una web «se cae sola», casi nunca se cayó sola: venció algo. Y suelen ser cuatro cosas, siempre las mismas.

  • El dominio. Es el alquiler de tu dirección. Si no se renueva, la web desaparece de internet y, en el peor caso, el nombre queda libre para que lo registre otro.
  • El alojamiento. El servidor donde viven los archivos. Si caduca, el sitio deja de responder aunque el dominio siga siendo tuyo.
  • El certificado SSL. Es lo que pone el candado en el navegador. Cuando expira, tus clientes se encuentran un aviso a pantalla completa diciendo que tu sitio no es seguro.
  • El software. La plataforma sobre la que está construida y sus complementos. Sin actualizar, se convierte en la puerta de entrada más común a un sitio hackeado.

Las cuatro vencen en fechas distintas, el aviso no le llega al dueño del negocio sino al correo de quien las registró —a veces una agencia que ya no trabaja contigo— y basta con que falle una para que las otras tres no sirvan de nada.

Lo que cuesta cada pieza por separado

Si sumas solo las facturas, mantener una web sencilla es barato. Estos son los órdenes de magnitud; varían según el país y el proveedor, pero no se mueven tanto:

  • Dominio: desde unos 10 dólares al año en un .com hasta 30 o 40 en extensiones nacionales como .es o .pe.
  • Alojamiento: desde unos pocos dólares al mes en un plan compartido hasta varias decenas si el sitio necesita recursos propios.
  • Certificado SSL: puede costar cero. Existen certificados gratuitos y renovables de forma automática, siempre que alguien haya dejado esa automatización montada y comprobado que sigue funcionando.
  • Actualizaciones, copias de seguridad y vigilancia: aquí no hay precio de catálogo, porque no es un producto. Es tiempo de alguien.

Esa última línea es la que descuadra el presupuesto de casi todo el mundo. Las tres primeras se domicilian y se olvidan. La cuarta no se automatiza sola, y es justo la que evita los desastres.

La factura que no aparece en ninguna parte

El coste real de mantener una web no es la suma de esas piezas. Es lo que ocurre el día que una de ellas falla.

Una web caída un martes por la mañana es un fastidio. La misma web caída un viernes por la tarde, en plena campaña, con el teléfono sonando y el desarrollador que la hizo sin contestar desde hace seis meses, es otra cosa. Ahí el coste ya no se mide en cuotas de alojamiento: se mide en llamadas que no entraron, presupuestos que nadie pidió y clientes que llegaron, leyeron «sitio no seguro» y se fueron a la competencia.

Y hay un coste peor porque es silencioso: la web que lleva tres semanas dando error y nadie de dentro se ha enterado. Los que se enteran están fuera, y esos no llaman para avisarte.

Por qué el pago único casi nunca sale bien

El modelo dominante sigue siendo «te hago la web por una cantidad y te la entrego». Sobre el papel es limpio. En la práctica arrastra un problema de incentivos: el día que se entrega el proyecto, la relación se termina. Quien la construyó ya cobró y su atención se va al siguiente cliente. Tu web, que sigue encendida, se queda sin dueño técnico.

No suele ser mala fe. Es que nadie está pagando por las horas de vigilar que todo siga en pie, así que nadie las dedica. Cuando algo se rompe, la reparación se presupuesta como trabajo nuevo, y el dueño del negocio descubre que tener una web tenía una letra pequeña que nunca le leyeron.

Qué debería incluir un mantenimiento que valga lo que cuesta

Si vas a pagar por esto, conviene saber qué estás comprando. Un mantenimiento serio cubre al menos:

  • Renovación y vigilancia del dominio, con aviso antes de que venza.
  • Alojamiento con recursos suficientes para lo que el sitio hace de verdad, no para lo que hacía el día que se publicó.
  • Certificado SSL renovado automáticamente, no a mano una vez al año.
  • Actualizaciones de seguridad aplicadas de forma preventiva, no cuando ya hubo un problema.
  • Copias de seguridad diarias y, sobre todo, capacidad probada de restaurarlas. Una copia que nunca se ha restaurado no es una copia, es una suposición.
  • Monitorización que avise a quien mantiene la web antes de que se entere el cliente.
  • Un número de cambios de contenido al mes, escrito y acotado, para que pedir que cambien un precio no sea una negociación.
  • Un canal de contacto con una persona que responde.

Ese último punto parece el más blando y es el que más se incumple. Un mantenimiento en el que nadie contesta no es un servicio: es un cargo mensual.

La pregunta correcta

La pregunta no es cuánto cuesta mantener una web. Es cuánto te cuesta no mantenerla, y esa cifra depende de lo que tu negocio se juegue en internet. Si tu web es una tarjeta de visita que casi nadie mira, el riesgo es bajo y puedes convivir con él. Si es de donde salen tus clientes, dejarla sin dueño técnico es la decisión más cara que puedes tomar por ahorrarte unas cuotas.

Una web no se termina el día que se publica. Ese es el día en que empieza a funcionar.

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